Hoy me presento ante ustedes para confesar los pecados que me hacen cometer las hierbas encapuchadas con bolsas plásticas en la puerta de mi nevera. Pero antes de hablar de ingredientes e instrucciones, hablemos de etimología.

Cuando me topé con esta receta en un libro de Jamie Oliver me emocioné. Mi primera impresión fue ¡Ah! este Jeimi´s tan pilo como siempre “engallando” las recetas criollas. El tipo conoció el chimichurri, lo amó y decidió adaptarlo al gusto europeo incorporando alcaparras, mostaza dijon y anchoas. No es que yo sintiera que al chimichurri básico le hacía falta algo, todo lo contrario, pero decidí probarla. Sin embargo hubo algo que me molestó. Más que molestarme me emberraqué, al pensar que Jeimi´s llamaba “salsa verde” al chimichurri. Sentí, o más bien, resentí que los extranjeros de más al norte, para comprender las culturas tropicales, tiendan a utilizar un término genérico que les es medianamente conocido, para denotar cualquier otro que les es desconocido. Como cuando, por ejemplo, describen la arepa como “colombian tortillas”. Resulta que después de mucho despotricar me di cuenta que la ignorante era yo. La “salsa verde” a la que él hace referencia es la italiana, la mamma del chimichurri.

Lea toda la receta

Anuncios

La hierba fresca es terapéutica desde cualquier punto de vista. No existe alta muralla que pueda protegernos de la calma abrumadora producida por el contacto con la hierba fresca. ¿Cuantos de nosotros, hombres citadinos, hemos perdido casi por completo la posibilidad, y a veces hasta el interés, por tender nuestros cuerpos cansados en una explanada de hierba verde resplandeciente? Rodearnos de más y más verdes criaturas que cuelgan, trepan, se elevan y se enredan ante nuestros ojos dándonos la falsa sensación de estar quietas. Arrancar una lechuga de la huerta, bajar sin mucho esfuerzo una feijoa que colgada del árbol parece mendigar amor.
Lea el resto

Viajar te hace grande, puede hacerte grande a lo ancho también si no te aguzas. Yo viajo porque siento una infinita curiosidad por conocer culturas diferentes, ver paisajes alucinantes, conocer personas nuevas. Pero realmente cuando estoy planeando el viaje hay una gran directriz, la comida. Todo gira en torno a la comida en mis viajes y Jaime, claro está, disfruta mucho de esta tendencia. Así pues, no nos preocupamos demasiado por la línea, aunque tratamos de compartir las calorías y de hacer el mayor número de cosas a pié -definitivamente no somos el tipo de personas que desde el segundo piso de un bus le pide a la virgencita que al guía se le ocurra bajarlos en esa esquina, donde huele a gloria, para probar los tacos al pastor-. Por otro lado, soy de las que prefiere comer que comprar. No del todo como mi tía Clarita. En sus viajes con mi tío Julio, las grandes discordias se tejían cuando él decidía pedir la mejor botella de vino en un buen restaurante. Después de que ella había calculado cuantas prendas podría haber comprado con la plata del vino, mi tío se veía obligado a tomarse la botella más rápido de lo que le hubiera gustado. Era mi tío amado, mi tío-padrino, hombre como pocos, sangre de mi sangre. La vida se lo llevó.

Lea el resto

El miedo es uno de los motores más potentes que tiene el ser humano para mantenerse a flote en el mar de la vida. El miedo nos devuelve a lo esencial de nuestra corporeidad, recordándonos que estamos vivos, de ahí la famosa expresión ” Cag ___ rse del susto”. Hay quienes encuentran ridículos los miedos de los demás y hay quienes le temen demasiado a lo que piensan los demás. Pero unos y otros sienten miedo. Algunos lo superamos, otros lo escondemos y muchos los disfrazamos. En esos momentos en que nos sentimos “al limite”, es muy satisfactorio mirar el miedo de frente y lanzarse al agua, arriesgarse a perderlo todo, apostar a nuestro favor y abrazar lo que venga. Por lo general, lo que viene es bueno o es malo, pero sea cual fuere el resultado, la experiencia es tan engrandececedora, que es imposible no aprender algo. ¿Cuantas veces decidimos lanzarnos y cuantas otras nos quedamos sentaditos cómodos? ¿Qué es peor, perder o no arriesgar?

Lea toda la receta

La palabra trifásico, en el sentido coloquial, tiene para mí un significado sicológico y es el siguiente: que contiene más ingredientes de los que podría soportar, con el fin de brindar al cliente satisfacción no sólo fisiológica, sino también moral. En mi país existe un plato típico que se ha ganado el apellido “trifásico”, el glorioso sancocho. Esta sopa, vecina de todas las regiones, tiene como base un caldo con plátano, yuca y papa, una o dos carnes (res, pollo, cerdo, pescado) o un mix de tres. Ahí es cuando la picardía colombiana resuelve darle el nombre de trifásico.

Lea toda la receta

Cuando era niña, el salmón, al igual que el pavo, era un animal reservado a los festines exclusivos. Aunque para ser honesta, a diferencia del pavo, el salmón nunca lo vi. Talvez mi familia era uno de esos clanes narcisos que considera el paladar de los niños un orificio semi-dentado indigno de delicias. Puedo imaginarlos saboreando inmaculadas viandas importadas, felices por no tener que compartirlas con el “zute” o el “chinche” como llamaba cariñosamente mi abuelo a los niños de la casa.

Lea toda la receta