Un paseo de olla, unos fríjoles y una amistad que supera el tiempo, la distancia, las diferencias y los matrimonios. Para aquellos que ignoran lo que es un paseo de olla, en pocas palabras, es el picnic o piquenique colombiano. Nuestra versión, sin embrago, difiere de manera fundamental del típico picnic europeo. En Francia, por ejemplo, el paseo no tiene nada que ver con una olla, al contrario, cada piqueniquero se ha ocupado con anticipación de reflechir cual sería la receta más apropiada para comer al aire libre. Una que implique pocos utensilios, que sea fácil de transportar en un tupperware, que sea fácil de comer, que no sea perecedera y que no sea un riesgo para las alergias alimenticias de sus compañeros de convite.

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Cada cumpleaños es especial porque implica preparar un ponqué a gusto del homenajeado. Hay quienes prefieren las frutas frescas en su ponqué. Otros sin parpadear exigen el clásico relleno de arequipe con cubierta de merengue. Para algunos es irrevocable el chocolateconmuchochocolate. Las generaciones con más trayectoria, para quienes el ponqué de vino o de novia es una institución, lo exigen año tras año hasta el cansancio.

Sería interesante hacer un análisis de personalidades de acuerdo con las preferencias del ponqué. En mi casa se preparan dos ponqués de cumpleaños, cada año, para el personal interno. Jaime es furibundo del chocolate y entre más amargo mejor. Yo, aunque amo el chocolate, siempre quiero algo diferente. Talvez coco, tal vez fresa, tal vez caramelo, tal vez limón. Si decidiéramos analizar dichas preferencias, yo diría que Jaime, encandelillado con tanto destello de su tez blanquecina y roja cabellera, busca un poco de sombra en las bondades más oscuritas que le ofrece el universo. Por eso no perdona el ponqué de chocolate, ama el café, el tabaco y debió ser mi melena negra que lo conquistó o ¿sería mi humor negro? o ¿mi nube negra?. En ese orden de ideas, no sé si su preferencia por el chocolate amargo merezca un análisis más profundo, presiento que es más razonable dejar así. Eso de auto analizarse no debe ser válido en ninguna corriente psicológica y/o espiritual, sin embargo, es muy diciente de mi personalidad querer siempre variar los sabores. Como decía mi mamá, que en paz descanse, pica aquí, pica allá y nunca está contenta con nada. No se equivocaba. Me la he pasado haciendo malabares con las tantas opciones en el tarot de la vida. Me cuesta mucho verlas ahí y no tomarlas. Las quiero todas. Quiero agarrar una y se me suelta la otra. El caso es que no nací para comerme el mismo ponqué todos los años. Ahora bien, los amantes del ponqué de vino ya sabrán por dónde va el agua al molino. Suena curioso que una receta donde el ponqué es hidratado con vino durante varias semanas, en un proceso muy parecido al arte de embalsamar, sea tan apetecida por aquellos que, como dicen por ahí,  tienen la lápida pegada al culo.

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Ésta es una entrada muy corta sin fotos ni receta, pero con una invitación. Espero que aquellos a quienes la desilusión embarga cuando no cuelgo receta, se sientan aliviados por el carácter interactivo de la situación.

Desafortunadamente debo delimitar los participantes a la población colombiana, o a aquellos que nacidos en el exterior, fueron criados por padres colombianos y sus costumbres gastronómicas pueden dar fe de ello.

Con la información recopilada en esta encuesta lograremos dar forma a un proyecto muy bonito que estamos desarrollando un grupo de amigos tragones y yo.

Muchas gracias por participar y espero que el ejercicio de responder les de hambre y ganas de cocinar!

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Mi cocina se ha convertido hoy en un show de agua y luces, la fuente danzante del hotel Bellagio. Un tubo de agua roto abruptamente chorrea furibundo hacía el techo. Aparatos centellan ante mis ojos incrédulos, desbaratando el piso de hierro que cuidadosa y arduamente había sido instalado. El ruido agudo y chillón de las máquinas es por demás estridente. Y sin embargo, éstos son los ruidos que suponen la evolución de nuestra especie. Suponen además mi éxito en la cocina, enmarcan mi zona de confort. Intuyo que así suenan las fábricas de cuchillos, ollas, estufas y neveras. Todos los utensilios que hacen posibles mis momentos felices, seguramente nacieron en una nube de ruido, rayos y porrazos. Trato de imaginar qué pasaría si decidiéramos acabar con tanto bullicio y tanto progreso. Volver atrás.

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Las ahuyamas vuelven a aparecer en el panorama y con ellas la certeza de un año de aventuras en este Guiso. Tantas y tantas alegrías me ha traído este blog. Ha sido intermediario de encuentros con personas formidables. Me ha demostrado que las reglas para la perseverancia pueden ser flexibles. Que es válido pedir ayuda. Que una buena comida es el único estilo de trueque, aparte de los favores sexuales, aún posible en nuestra sociedad. Que las críticas siempre son constructivas. Que la inspiración es una amiga que no visita a los perezosos. Que a veces las cosas salen mal, inclusive cuando era importante lucirse. Que siempre hay algo que aprender.

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Dicen Que la reina Mary I de Inglaterra fue responsable del genocidio protestante más sangriento del siglo XVI. Por eso la llamaron Bloody Mary. Dicen también que así se llama el espíritu de una mujer que al ser invocada pronunciando su nombre tres veces, revela a las mujeres ansiosas por casarse, la identidad de su futuro marido.

No hay información muy precisa de porqué este coctel se bautizó bloody mary. Yo estoy segura que tiene todo que ver con el espíritu de la adivina de maridos. Si un pueblo entero pudiera anticipar su desgracia, seguro se habrían inventado una cura para la depresión. Puedo comprender cómo en ese pueblo las mujeres se volvieron alcohólicas. O ¿que harían ustedes si les avisaran que les queda poco tiempo antes de convertirse en la feliz y eterna esposa del vecino zángano, mueco y con halitosis? Seguro este trago se lo inventaron para curar el guayabo de todas esas pobres desdichadas que se emborracharon hasta más no poder.

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Esta tortica esperaba, esperaba, esperaba…

Tanto tiempo en mi repertorio aguardando el momento oportuno. En mi cabeza el momento oportuno era la próxima fecha de Amor y Amistad. No lo olvidé, estaba pendiente de septiembre para tener una excusa y preparar la torta de fresas con crema. Pero septiembre me agarró sin casa de nuevo. Sin mis moldes, mis espátulas, mis peroles. Aquellos utensilios que orgullosa sabía me iban a ayudar en la empresa de ensamblar el manjar. Este es el quinto trasteo en el último año.

Creo que el lío es que soy una persona muy perfeccionista y eso puede ser una gran carga. Podría compararme con un parásito o un virus en cuanto que sólo si le das el ambiente propicio éste se reproducirá. Para mí reproducir-me es cocinar. Sin embargo, sentí que necesitaba cortar con esa rigidez y des-apretar-un-poco-el-trasero pues lo que ando persiguiendo en la vida es la felicidad. Sonaba oportuno aplicar el dicho que mi esposo ama: entre más feo más paseo. Decidida compré unos moldes desechables y me armé de todo utensilio que pudiera ser útil en mi hogar de acogida. No me puedo quejar, mi madre putativa tiene un horno fenomenal.

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