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Viajes

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Después de haber recibido un baño bendito de trópico en estas vacaciones decembrinas, no podía menos que compartir mi felicidad trayendo para siempre el caribe a sus mesas. El 2012 se desvaneció, en un atardecer desmesurado, ante nuestras narices enrojecidas, con ese sol que fue más grande y más rosado. La brisa salada zangoloteaba sin piedad las palmeras ancestrales, largas y generosas, como despidiendo lo malo que se va y prediciendo lo bueno que llega. El calor de la costa colombiana no sólo se siente en la propia piel. Es ese vaho que destella en la piel de los nativos, en la sonrisa de hombres, mujeres, niños, perros y chivos guajiros, porque allí hasta los langostinos saben sonreír.

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Un paseo de olla, unos fríjoles y una amistad que supera el tiempo, la distancia, las diferencias y los matrimonios. Para aquellos que ignoran lo que es un paseo de olla, en pocas palabras, es el picnic o piquenique colombiano. Nuestra versión, sin embrago, difiere de manera fundamental del típico picnic europeo. En Francia, por ejemplo, el paseo no tiene nada que ver con una olla, al contrario, cada piqueniquero se ha ocupado con anticipación de reflechir cual sería la receta más apropiada para comer al aire libre. Una que implique pocos utensilios, que sea fácil de transportar en un tupperware, que sea fácil de comer, que no sea perecedera y que no sea un riesgo para las alergias alimenticias de sus compañeros de convite.

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Viajar te hace grande, puede hacerte grande a lo ancho también si no te aguzas. Yo viajo porque siento una infinita curiosidad por conocer culturas diferentes, ver paisajes alucinantes, conocer personas nuevas. Pero realmente cuando estoy planeando el viaje hay una gran directriz, la comida. Todo gira en torno a la comida en mis viajes y Jaime, claro está, disfruta mucho de esta tendencia. Así pues, no nos preocupamos demasiado por la línea, aunque tratamos de compartir las calorías y de hacer el mayor número de cosas a pié -definitivamente no somos el tipo de personas que desde el segundo piso de un bus le pide a la virgencita que al guía se le ocurra bajarlos en esa esquina, donde huele a gloria, para probar los tacos al pastor-. Por otro lado, soy de las que prefiere comer que comprar. No del todo como mi tía Clarita. En sus viajes con mi tío Julio, las grandes discordias se tejían cuando él decidía pedir la mejor botella de vino en un buen restaurante. Después de que ella había calculado cuantas prendas podría haber comprado con la plata del vino, mi tío se veía obligado a tomarse la botella más rápido de lo que le hubiera gustado. Era mi tío amado, mi tío-padrino, hombre como pocos, sangre de mi sangre. La vida se lo llevó.

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