archivo

tortas y ponques

Cada cumpleaños es especial porque implica preparar un ponqué a gusto del homenajeado. Hay quienes prefieren las frutas frescas en su ponqué. Otros sin parpadear exigen el clásico relleno de arequipe con cubierta de merengue. Para algunos es irrevocable el chocolateconmuchochocolate. Las generaciones con más trayectoria, para quienes el ponqué de vino o de novia es una institución, lo exigen año tras año hasta el cansancio.

Sería interesante hacer un análisis de personalidades de acuerdo con las preferencias del ponqué. En mi casa se preparan dos ponqués de cumpleaños, cada año, para el personal interno. Jaime es furibundo del chocolate y entre más amargo mejor. Yo, aunque amo el chocolate, siempre quiero algo diferente. Talvez coco, tal vez fresa, tal vez caramelo, tal vez limón. Si decidiéramos analizar dichas preferencias, yo diría que Jaime, encandelillado con tanto destello de su tez blanquecina y roja cabellera, busca un poco de sombra en las bondades más oscuritas que le ofrece el universo. Por eso no perdona el ponqué de chocolate, ama el café, el tabaco y debió ser mi melena negra que lo conquistó o ¿sería mi humor negro? o ¿mi nube negra?. En ese orden de ideas, no sé si su preferencia por el chocolate amargo merezca un análisis más profundo, presiento que es más razonable dejar así. Eso de auto analizarse no debe ser válido en ninguna corriente psicológica y/o espiritual, sin embargo, es muy diciente de mi personalidad querer siempre variar los sabores. Como decía mi mamá, que en paz descanse, pica aquí, pica allá y nunca está contenta con nada. No se equivocaba. Me la he pasado haciendo malabares con las tantas opciones en el tarot de la vida. Me cuesta mucho verlas ahí y no tomarlas. Las quiero todas. Quiero agarrar una y se me suelta la otra. El caso es que no nací para comerme el mismo ponqué todos los años. Ahora bien, los amantes del ponqué de vino ya sabrán por dónde va el agua al molino. Suena curioso que una receta donde el ponqué es hidratado con vino durante varias semanas, en un proceso muy parecido al arte de embalsamar, sea tan apetecida por aquellos que, como dicen por ahí,  tienen la lápida pegada al culo.

Lea toda la receta

Anuncios

Esta tortica esperaba, esperaba, esperaba…

Tanto tiempo en mi repertorio aguardando el momento oportuno. En mi cabeza el momento oportuno era la próxima fecha de Amor y Amistad. No lo olvidé, estaba pendiente de septiembre para tener una excusa y preparar la torta de fresas con crema. Pero septiembre me agarró sin casa de nuevo. Sin mis moldes, mis espátulas, mis peroles. Aquellos utensilios que orgullosa sabía me iban a ayudar en la empresa de ensamblar el manjar. Este es el quinto trasteo en el último año.

Creo que el lío es que soy una persona muy perfeccionista y eso puede ser una gran carga. Podría compararme con un parásito o un virus en cuanto que sólo si le das el ambiente propicio éste se reproducirá. Para mí reproducir-me es cocinar. Sin embargo, sentí que necesitaba cortar con esa rigidez y des-apretar-un-poco-el-trasero pues lo que ando persiguiendo en la vida es la felicidad. Sonaba oportuno aplicar el dicho que mi esposo ama: entre más feo más paseo. Decidida compré unos moldes desechables y me armé de todo utensilio que pudiera ser útil en mi hogar de acogida. No me puedo quejar, mi madre putativa tiene un horno fenomenal.

Lea toda la receta

La palabra trifásico, en el sentido coloquial, tiene para mí un significado sicológico y es el siguiente: que contiene más ingredientes de los que podría soportar, con el fin de brindar al cliente satisfacción no sólo fisiológica, sino también moral. En mi país existe un plato típico que se ha ganado el apellido “trifásico”, el glorioso sancocho. Esta sopa, vecina de todas las regiones, tiene como base un caldo con plátano, yuca y papa, una o dos carnes (res, pollo, cerdo, pescado) o un mix de tres. Ahí es cuando la picardía colombiana resuelve darle el nombre de trifásico.

Lea toda la receta