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sándwiches y hamburguesas

Cuando era niña, el salmón, al igual que el pavo, era un animal reservado a los festines exclusivos. Aunque para ser honesta, a diferencia del pavo, el salmón nunca lo vi. Talvez mi familia era uno de esos clanes narcisos que considera el paladar de los niños un orificio semi-dentado indigno de delicias. Puedo imaginarlos saboreando inmaculadas viandas importadas, felices por no tener que compartirlas con el “zute” o el “chinche” como llamaba cariñosamente mi abuelo a los niños de la casa.

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Lo interesante de escribir un blog de cocina es que es preciso lidiar con la condición humana. Torear las emociones. Aplastar la frustración. Adoptar la repetición. Perder el miedo al desperdicio (¡No, no, no!). Hacer de la recursividad un lema. Poner en prueba la disciplina. Captar el momento. Estar siempre atento. Darle gusto a la mayoría. Mitigar las obsesiones. Entregarse al azar. Repetirse una y mil veces que nada ni nadie es perfecto. Soltarse. Confiar. Comprar un flash de relleno para tomar fotos decentes a cualquier hora. Bueno, la última es la solución a varias de las anteriores.