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la foto 2

Un rasguño puede cambiarlo todo. Es una herida leve que aunque parezca superficial, casi siempre deja huella. Tal vez no sea tan traumático como una herida de puntos o una puñalada trapera, pero igual que ésta siempre nos evocará un momento, siempre nos remitirá a un culpable, será a la larga un cambio, un corte, un inevitable después de.

Ayer recibí estas fotos de Clara, la hija de mi amiga Ana, que ilustraban la primera semana de la pequeña infanta en el jardín. Era una mañana de otoño, en una ciudad remota, de un país lejos de familiares y amigos con poder. Descartada quedaba la posibilidad de llamar a un flecho, contacto o palanca que hiciera echar del jardín a la atacante, dejara sin trabajo a la profesora y cerrara ipso facto ese maldito antro por negligencia -agravada- de menores.

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Mi cocina se ha convertido hoy en un show de agua y luces, la fuente danzante del hotel Bellagio. Un tubo de agua roto abruptamente chorrea furibundo hacía el techo. Aparatos centellan ante mis ojos incrédulos, desbaratando el piso de hierro que cuidadosa y arduamente había sido instalado. El ruido agudo y chillón de las máquinas es por demás estridente. Y sin embargo, éstos son los ruidos que suponen la evolución de nuestra especie. Suponen además mi éxito en la cocina, enmarcan mi zona de confort. Intuyo que así suenan las fábricas de cuchillos, ollas, estufas y neveras. Todos los utensilios que hacen posibles mis momentos felices, seguramente nacieron en una nube de ruido, rayos y porrazos. Trato de imaginar qué pasaría si decidiéramos acabar con tanto bullicio y tanto progreso. Volver atrás.

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